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Amor propio·5 min

Cómo perdonarte por el tiempo que crees que perdiste

Te juzgas por decisiones que tomaste sin la información y sin la calma que tienes ahora.

Años en una relación que ya sabías que no iba. Una carrera que no era. Un trabajo que te vació. Y ahora la cuenta que te pasas a ti mismo: pude haberme ido antes, pude haberme dado cuenta.

Ese reproche es de los que más pesan, porque no lo puedes reparar. El tiempo no se devuelve.

Te estás juzgando con información que no tenías

Miras el pasado desde hoy, sabiendo cómo terminó. Pero cuando lo estabas viviendo no sabías el final, y esa diferencia lo cambia todo.

También estabas más cansado, más solo, con menos herramientas. La versión tuya que tomó esas decisiones no era esta. Exigirle que supiera lo que tú sabes ahora es como reprocharle a alguien no haber leído un libro que aún no se había escrito.

Hiciste lo que pudiste con lo que sabías y con la fuerza que te quedaba.

Quedarse también costaba algo

Solemos contarlo como si quedarnos hubiera sido gratis, como si irse hubiera sido tan fácil como decidirlo. No lo era.

Quizá dependías económicamente. Quizá tenías hijos. Quizá era lo único conocido y lo desconocido daba pánico. Esas razones eran reales, aunque hoy suenen pequeñas. Reconocerlas no es justificarte: es contar la historia completa.

Ese tiempo no está vacío

Llamamos perdidos a esos años como si en ellos no hubiera pasado nada. Pero ahí también viviste: hiciste amistades, aprendiste oficios, tuviste días buenos.

Y sobre todo aprendiste a reconocer algo que antes no veías. Ahora sabes cómo se siente en el cuerpo una situación que no te conviene. Eso lo pagaste caro, pero es tuyo y no lo pierdes.

El reproche también quita tiempo

Aquí está lo que conviene mirar de frente. Ya perdiste ese tiempo. Castigarte hoy no lo recupera; solo añade horas presentes a la cuenta.

Cada tarde que pasas repasando lo que deberías haber hecho es una tarde más que ese pasado te quita. En algún momento hay que decidir que ya cobró suficiente.

Un ejercicio que ayuda

Escríbele algo a la persona que fuiste. No a ti hoy: a la de entonces, con lo que estaba pasando en ese momento.

Cuéntale lo que sabes ahora, sin reprocharle. Vas a notar algo raro: es imposible ser cruel cuando le hablas directamente. Con esa persona, la de antes, sale ternura casi sin querer. Esa misma la mereces tú.